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Comunicaciones y mensajes recibidos.

Carta del nuevo Obispo a los Diocesanos Asidonia-Jerez

SALUDO A LA DIÓCESIS ASIDONIA JEREZ

19 de marzo de 2009.
Solemnidad de San José

         Queridos hermanos y hermanas:

         Hoy, 19 de Marzo de 2009, día en el que celebramos con gozo la solemnidad de san José, patrono de la Iglesia, al haberse hecho público que el Santo Padre Benedicto XVI me ha nombrado nuevo Obispo de la Diócesis de Asidonia-Jerez, os envío mi más afectuoso saludo.
         En estos momentos resuenan en mí las palabras que Isabel exclamó ante la Santísima Virgen ¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? (Lc. 1,43), expresando con ellas mi fragilidad humana y mi debilidad ante la misión. Pero, al mismo tiempo, confío en el Señor y levantando los ojos a los montes (sal 120,1), me pongo en sus manos con la certeza de que ninguna cosa es imposible para Dios (Lc. 1,37) y con la seguridad de que Él nunca deja de acompañar a sus discípulos en la misión encomendada.
         Agradezco la confianza que el Santo Padre ha depositado en mí, al encomendarme esta inmensa responsabilidad de trabajar con vosotros en la Viña del Señor. Expreso mi comunión con su persona y con sus enseñanzas y acojo con gratitud el extraordinario testimonio de fidelidad y caridad eclesial que constantemente nos transmite. Recuerdo con afecto y admiración a mis predecesores, el recordado y querido Don Rafael Bellido Caro y a Don Juan del Río Martín, quien ha sido vuestro pastor desde el año 2000, con fidelidad y dedicación pastoral.
         Saludo, en primer lugar, a todos los sacerdotes de la diócesis, tanto del clero secular como del regular, y a los diáconos permanentes. Confío en que el Señor me ayude a ser con vosotros pastor y para vosotros obispo. Como pastores, estamos llamados a ocuparnos de las necesidades humanas y espirituales de las personas a nosotros encomendadas, anunciando el Reino de Dios y haciéndonos canal de la Gracia, para que Cristo, el médico divino, pueda curar las heridas más profundas provocadas por el pecado. Como obispo, pido al Padre que me ayude a serviros y a estimularos en el anuncio del Evangelio en unidad y fidelidad a la Santa Iglesia y sus enseñanzas.
         Mi saludo se dirige ahora a los seminaristas. Vosotros sois un signo del amor de Dios, que sigue bendiciendo a nuestra Diócesis con las vocaciones sacerdotales. Siguiendo el lema de la Campaña del Seminario de este año “Apóstol por gracia de Dios” os aliento a no echar en saco roto la gracia que el Señor os otorga (2Cor 6,1a). Os animo a que este tiempo de formación sea un auténtico crecimiento en la íntima comunión con Cristo a través de la oración, el estudio, los sacramentos y especialmente la Eucaristía, actualización del misterio de Cristo y, como afirma el Santo Padre Benedicto XVI, es la auténtica escuela de vida donde aprendemos de Jesús, Buen Pastor, que se deja humillar hasta la muerte en cruz y, así, nos muestra que el verdadero reino está en el servicio y en el amor.
         Quiero expresar mi afecto a todos los miembros de vida consagrada. Os agradezco de corazón vuestra impagable entrega y los necesarios trabajos por el bien de las personas y de la Iglesia. Os animo a manteneos fuertes en la Gracia de Cristo Jesús (2ª Tim 2,1) y seguir testificando al mundo que Dios es una realidad que se puede acoger y la roca sobre la que se funda la propia existencia. Permitidme que dirija mi pensamiento hacia las religiosas contemplativas. Vosotras, desde la vida oculta, al igual que San José, no sólo sois una fuerza imprescindible, sino una raíz necesaria para que el árbol de la Iglesia pueda dar frutos de vida eterna. Me encomiendo a vuestras oraciones para que el Espíritu Santo me ayude a imitar al justo San José en su humildad, entrega y fortaleza en el servicio al Hijo de Dios. 
         Me dirijo también a todos los fieles laicos, principalmente a las familias, miembros de las parroquias, movimientos laicales, comunidades eclesiales, hermandades y cofradías. El Señor os ha llamado para ser testigos de su amor, cooperar en la edificación de la cultura de la vida y construir la civilización del amor. El reto en la actualidad no es fácil, pero al igual que los primeros cristianos, nuestra fuerza no es más que el mandato del Señor. Nuestra valentía viene de la certeza de que Él está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt28,20b). Y nuestro descanso el saber que nada podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro (Rm. 8,39). Un recuerdo especial a los pobres, los enfermos, los que viven en la marginación y en la soledad, los niños y ancianos abandonados, los encarcelados, los inmigrantes y cuantos sufren como consecuencia de la crisis económica, en esos momentos difíciles sólo Dios puede abrir puertas de esperanza.
         También envío mi afectuoso recuerdo y cercanía a los jóvenes, a los que he dedicado gran parte de mi vida sacerdotal, compartiendo con ellos sus dificultades y sus esperanzas. Os invito a poneros en camino hacia el próximo encuentro internacional de la juventud programado para 2011 en Madrid. Vosotros, como Pablo, estáis llamados a ser los grandes evangelizadores de la cultura actual. Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere (1 Pe 3,15). Gritad con fuerza que Cristo es el camino para lograr la auténtica libertad. Proclamad con valentía que el Señor es el consuelo, la esperanza y la solución a tantas experiencias negativas y traumáticas generadas por una sociedad regida por la ley del egoísmo y del bienestar.
         Por último, extiendo mi afectuoso saludo a los hermanos de otras comunidades religiosas, a las autoridades civiles y militares, y a todos los hombres de buena voluntad, con los que espero y deseo colaborar para crear un mundo más justo y más humano.
         Pido a todos vuestra oración para que mi preocupación diaria no sea otra que la de subirme con Cristo en la cruz para ser, con Él y por Él, para vosotros, un verdadero pastor.

         Que la protección de María Inmaculada, Madre y Patrona, la custodia de San José y la intercesión de san Juan Grande nos ayuden a que la iglesia de Jerez sea un espejo nítido del amor de Dios a los hombres.

         En el amor de Jesucristo, y de su Santísima Madre, os imparto mi bendición.

José Mazuelos Pérez
Obispo electo de Asidonia-Jerez

Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI. Cuaresma 2.009

 

 

“Jesús, después de hacer un ayuno durante cuarenta días
y cuarenta noches, al fin sintió hambre”
(Mt 4,2)

¡Queridos hermanos y hermanas!

Al comenzar la Cuaresma, un tiempo que constituye un camino de preparación espiritual más intenso, la Liturgia nos vuelve a proponer tres prácticas penitenciales a las que la tradición bíblica cristiana confiere un gran valor -la oración, el ayuno y la limosna- para disponernos a celebrar mejor la Pascua y, de este modo, hacer experiencia del poder de Dios que, como escucharemos en la Vigilia pascual, “ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos” (Pregón pascual). En mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, este año deseo detenerme a reflexionar especialmente sobre el valor y el sentido del ayuno. En efecto, la Cuaresma nos recuerda los cuarenta días de ayuno que el Señor vivió en el desierto antes de emprender su misión pública. Leemos en el Evangelio: “Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre” (Mt 4,1-2). Al igual que Moisés antes de recibir las Tablas de la Ley (cfr. Ex 34,8), o que Elías antes de encontrar al Señor en el monte Horeb (cfr. 1R 19,8), Jesús orando y ayunando se preparó a su misión, cuyo inicio fue un duro enfrentamiento con el tentador.

Podemos preguntarnos qué valor y qué sentido tiene para nosotros, los cristianos, privarnos de algo que en sí mismo sería bueno y útil para nuestro sustento. Las Sagradas Escrituras y toda la tradición cristiana enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a él. Por esto, en la historia de la salvación encontramos en más de una ocasión la invitación a ayunar. Ya en las primeras páginas de la Sagrada Escritura el Señor impone al hombre que se abstenga de consumir el fruto prohibido: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio” (Gn 2, 16-17). Comentando la orden divina, San Basilio observa que “el ayuno ya existía en el paraíso”, y “la primera orden en este sentido fue dada a Adán”. Por lo tanto, concluye: “El ‘no debes comer’ es, pues, la ley del ayuno y de la abstinencia” (cfr. Sermo de jejunio: PG 31, 163, 98). Puesto que el pecado y sus consecuencias nos oprimen a todos, el ayuno se nos ofrece como un medio para recuperar la amistad con el Señor. Es lo que hizo Esdras antes de su viaje de vuelta desde el exilio a la Tierra Prometida, invitando al pueblo reunido a ayunar “para humillarnos -dijo- delante de nuestro Dios” (8,21). El Todopoderoso escuchó su oración y aseguró su favor y su protección. Lo mismo hicieron los habitantes de Nínive que, sensibles al llamamiento de Jonás a que se arrepintieran, proclamaron, como testimonio de su sinceridad, un ayuno diciendo: “A ver si Dios se arrepiente y se compadece, se aplaca el ardor de su ira y no perecemos” (3,9). También en esa ocasión Dios vio sus obras y les perdonó.

En el Nuevo Testamento, Jesús indica la razón profunda del ayuno, estigmatizando la actitud de los fariseos, que observaban escrupulosamente las prescripciones que imponía la ley, pero su corazón estaba lejos de Dios. El verdadero ayuno, repite en otra ocasión el divino Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que “ve en lo secreto y te recompensará” (Mt 6,18). Él mismo nos da ejemplo al responder a Satanás, al término de los 40 días pasados en el desierto, que “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). El verdadero ayuno, por consiguiente, tiene como finalidad comer el “alimento verdadero”, que es hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34). Si, por lo tanto, Adán desobedeció la orden del Señor de “no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal”, con el ayuno el creyente desea someterse humildemente a Dios, confiando en su bondad y misericordia.

La práctica del ayuno está muy presente en la primera comunidad cristiana (cfr. Hch 13,3; 14,22; 27,21; 2Co 6,5). También los Padres de la Iglesia hablan de la fuerza del ayuno, capaz de frenar el pecado, reprimir los deseos del “viejo Adán” y abrir en el corazón del creyente el camino hacia Dios. El ayuno es, además, una práctica recurrente y recomendada por los santos de todas las épocas. Escribe San Pedro Crisólogo: “El ayuno es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le súplica” (Sermo 43: PL 52, 320, 332).

En nuestros días, parece que la práctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido más bien, en una cultura marcada por la búsqueda del bienestar material, el valor de una medida terapéutica para el cuidado del propio cuerpo. Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una “terapia” para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios. En la Constitución apostólica Pænitemini de 1966, el Siervo de Dios Pablo VI identificaba la necesidad de colocar el ayuno en el contexto de la llamada a todo cristiano a no “vivir para sí mismo, sino para aquél que lo amó y se entregó por él y a vivir también para los hermanos” (cfr. Cap. I). La Cuaresma podría ser una buena ocasión para retomar las normas contenidas en la citada Constitución apostólica, valorizando el significado auténtico y perenne de esta antigua práctica penitencial, que puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento de la nueva ley y compendio de todo el Evangelio (cfr. Mt 22,34-40).

La práctica fiel del ayuno contribuye, además, a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola a evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Señor. San Agustín, que conocía bien sus propias inclinaciones negativas y las definía “retorcidísima y enredadísima complicación de nudos” (Confesiones, II, 10.18), en su tratado La utilidad del ayuno, escribía: “Yo sufro, es verdad, para que Él me perdone; yo me castigo para que Él me socorra, para que yo sea agradable a sus ojos, para gustar su dulzura” (Sermo 400, 3, 3: PL 40, 708). Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios.

Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos. En su Primera carta San Juan nos pone en guardia: “Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” (3,17). Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se inclina y socorre al hermano que sufre (cfr. Enc. Deus caritas est, 15). Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño. Precisamente para mantener viva esta actitud de acogida y atención hacia los hermanos, animo a las parroquias y demás comunidades a intensificar durante la Cuaresma la práctica del ayuno personal y comunitario, cuidando asimismo la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la limosna. Este fue, desde el principio, el estilo de la comunidad cristiana, en la que se hacían colectas especiales (cfr. 2Co 8-9; Rm 15, 25-27), y se invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias al ayuno, se había recogido (cfr. Didascalia Ap., V, 20,18). También hoy hay que redescubrir esta práctica y promoverla, especialmente durante el tiempo litúrgico cuaresmal.

Lo que he dicho muestra con gran claridad que el ayuno representa una práctica ascética importante, un arma espiritual para luchar contra cualquier posible apego desordenado a nosotros mismos. Privarnos por voluntad propia del placer del alimento y de otros bienes materiales, ayuda al discípulo de Cristo a controlar los apetitos de la naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos efectos negativos afectan a toda la personalidad humana. Oportunamente, un antiguo himno litúrgico cuaresmal exhorta: “Utamur ergo parcius, / verbis, cibis et potibus, / somno, iocis et arctius / perstemus in custodia – Usemos de manera más sobria las palabras, los alimentos y bebidas, el sueño y los juegos, y permanezcamos vigilantes, con mayor atención”.

Queridos hermanos y hermanas, bien mirado el ayuno tiene como último fin ayudarnos a cada uno de nosotros, como escribía el Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II, a hacer don total de uno mismo a Dios (cfr. Enc. Veritatis Splendor, 21). Por lo tanto, que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical. Con esta disposición interior entremos en el clima penitencial de la Cuaresma. Que nos acompañe la Beata Virgen María, Causa nostræ laetitiæ, y nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en “tabernáculo viviente de Dios”. Con este deseo, asegurando mis oraciones para que cada creyente y cada comunidad eclesial recorra un provechoso itinerario cuaresmal, os imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.

Vaticano, 11 de diciembre de 2008

BENEDICTUS PP. XVI

Fuente: Web Pagina Oficial del Vaticano; Librería Editrice Vaticana



 
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